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Cómo alinearse con lo divino 1

Uno de los secretos más grandes de la vida consiste en encontrar una buena medida para nuestros pensamientos, palabras y actos. Todos los grandes sabios y adeptos nos invitan a alinearnos con el gran mecanismo divino, pero pocos en realidad nos dicen cómo. ¿Por qué medios conseguimos escuchar la melodía de las esferas? ¿Por qué sabiduría podemos desarrollar nuestro oído espiritual? Algunas pistas en el día de hoy para aprender a ponerse en acuerdo con la Voluntad del Cielo…

El gran reloj

Formamos parte de un gran mecanismo universal que rige la integridad de los fenómenos vivientes. Algunos lo llaman Dios, otros la Vida, y otros el Arquitecto, es lo mismo. Como las ruedas de un reloj, giramos e interactuamos con todo lo que nos rodea. Es la gran marcha del mundo o el curso del río de la vida que nos lleva irremediablemente hacia nuestro destino.

El problema es que este orden implícito es invisible. Se puede deducir su presencia y su acción en ciertas ocasiones, más próximas por otra parte a la experiencia contemplativa que a la simple observación analítica. Pero en realidad muy pocas personas tienen la capacidad de coger la trama de sus movimientos. Los monjes llaman a esto la «voluntad de Dios». Ellos procuran conocerla y cumplirla.

El gran río de la vida

Para dar una comparación simple, imagine que se encuentra en la corriente de un río que le impone una dirección. Si intenta luchar contra los flujos que lo impulsan, corre el riesgo de agotarse, y al final de ahogarse.

Además, chocará con todo lo que traslada el río, como leños de bosque u otros. Ir a contracorriente no está prohibido por la Naturaleza, excepto que – dejando de lado a los salmones – ningún animal (aparte del hombre) es lo suficientemente estúpido para resistir a su medio ambiente existencial.

¿Cómo alinearse?

En el caso de un río, es fácil. Sentimos muy bien en qué dirección se nos lleva la corriente. Pero cuando se trata de alinearse con el Universo, algo esencial nos falta. Nuestro sexto sentido y nuestra sabiduría, tan poco desarrollados en la circunstancia, no nos permiten detectar los campos de fuerzas favorables. Cuando no sabían qué camino tomar para estar de acuerdo con la vida, los Antiguos utilizaban a veces oráculos o consultaban a los astros, lo que hoy pasaría por superstición.

La sabiduría consiste pues en poseer una capacidad impulsada a sentir la convergencia de las fuerzas que dan un relieve particular a las situaciones. Es la misma definición del sentido común. En La Guerra de las Galaxias de Lucas, los caballeros Jédi a menudo mencionan esta sensibilidad extraña que les permite evaluar la calidad de los acontecimientos en función de lo que llaman la “fuerza”.

Es otra forma de hablar del baño de energía que nos rodea en tal o cual circunstancia, y que posee una frecuencia que podemos captar cuando decimos: «Aquí, no lo siento» o incluso: «Esto no me dice nada que valga». Contra toda verosimilitud, tenemos entonces a veces la bastante lucidez para sentir la inminencia de una situación desfavorable.

El reino del mental

Desgraciadamente, nuestra civilización es marcada con el sello de la inteligencia mental. Evaluamos las situaciones en función de factores puramente racionales. No se dice más «siento que» sino, «pienso que». Cuando la razón está en este punto por arriba de la intuición, nuestras decisiones y nuestros actos estàn motivados por consideraciones personales que son la causa principal de nuestro ajedrez.

No se está más conectado con la vida. No se ve más el gran mecanismo y se acaba por ignorar su existencia hasta el punto de estar completamente perdido en el desierto existencial. El individualismo furioso no arregla las cosas. Arrastra a la gente a tomar decisiones puramente egoístas. El resultado, las ruedas del reloj son independientes y no tienen nada de funcionamiento armonioso. No estamos más alineados.

Alquimia o el arte de música

La alquimia siempre ha sido asociada con la música. Si tenemos en cuenta que el objetivo del alquimista es el de ponerse en acuerdo con el Universo, comprendemos mejor por qué. En efecto, en música, una nota es justa o no lo es. Un acorde suena justo o falso.

Hay una regla de valor para cualificar si una cosa es justa o falsa. Esta regla o ley, es la nota y la frecuencia que le corresponde. Si el instrumento está desafinado, toca falso y produce una melodía desagradable. Si está afinado, o alineado al diapasón universal, produce una nota justa. (Notará que no se dice una nota “verdadera” sino “justa”). No podemos discutir sobre el hecho que una nota sea justa o falsa. Aquellos que «tienen oído» lo saben porque su organismo se lo dice muy claramente.

Ahora consideremos que el hombre es el instrumento y que debe tocar una bella melodía para conseguir su vida, y tendrá una idea más clara de lo que los Antiguos entendían por «música de las esferas». Esto significa que nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos responden a esta armonía natural con más o menos justeza.

No hay que buscar en otra parte la razón de nuestros múltiples sinsabores. Amor, trabajo, salud. Siguiendo códigos personales de ambición, modalidades o ideologías progresistas, cualquiera que sea el ámbito concerniente, chocaremos infaliblemente, un día u otro, contra el grueso leño de bosque que baja rápidamente por la pendiente del río en nuestra dirección

Extender la cuerda

Extender la cuerda correctamente, esto es alinear nuestra conciencia en los valores naturales y universales que no sufren ninguna contradicción. Hay una ley cósmica inmutable que hace vibrar el Universo según un protocolo armónico muy preciso. Aquel que conoce la buena frecuencia se asegura el estar de acuerdo con la inteligencia superior que rige la buena marcha de las cosas. Los chinos hablan del Tao, lo que finalmente demuestra la universalidad del pensamiento humano cuando se ocupa de la sabiduría. Para nosotros, diremos que es el Conocimiento.

El camino interior que se deriva de estos principios no es solamente ético, es tratar de hacer el bien a su alrededor. Por eso es tan energético. Implica una posición global del hombre en el Universo, cuerpo, alma, espíritu. El adepto no puede contentarse con pensar bien o con hablar bien. Debe también actuar siguiendo la corriente, lo que significa la mayoría de las veces, dejar hacer (a no confundir con dejarse ir, o abandono).

Es lo que es más duro para los occidentales, muy acostumbrados a decidir por sí mismos el curso de su vida. A reaccionar rápido desde la primera contrariedad, sin esperar tranquilamente a ver lo que esconde la situación…

Rece y el resto le será dado por añadidura

Hay aquí, me parece, una de las llaves mayores de la oración. Porque, muy lejos de ser solamente un espacio en donde el alma implora indulgencias personales, es también y sobre todo la ocasión de afirmar la confianza en un Dios «que hace bien las cosas» en tanto no se interponga a Su Voluntad, desde luego.

Afirmando simplemente cada día nuestro deseo de estar de acuerdo con los grandes principios directores de la vida, algo intangible nos es dado, que nos ayuda en los momentos de gran incertidumbre y nos guía a través de la niebla de las dudas.

Así, el sabio aconseja: «No es porque no veas por dónde vas, que no vas a ninguna parte». Medite este consejo, querido lector, hasta la próxima vez, en donde veremos concretamente cómo practicar este arte de vivir que nos permite ponernos en diapasón con lo divino, y realizar los que los más grandes místicos han nombrado «la unión de las voluntades».

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¡Que se lo diga por Toutatis!