Fulcanelli y el Finis Gloriae Mundi

Fulcanelli y el Finis Gloriae Mundi

Estábamos en el 21 de diciembre del 2012, enésima fecha del presunto fin del mundo. Esta noche, dormí muy bien, porque yo sabía lo que iba a hacer cuando despertara. Que bella ocasión en efecto para poder disipar de nuevo una niebla alquímica tenaz, mediante de un artículo consagrado al famoso Finis Gloriae Mundi, la tercera obra no publicada de Fulcanelli…

La pequeña historia

Eugene Canseliet, que ya no está presente, afirmó un día haber recibido la instrucción de publicar la tercera obra firmada por Fulcanelli, y en la cual las revelaciones del Maestro eran tan importantes que este último finalmente decidió detener su difusión.

Sólo la sinopsis de la obra fue publicada a finales de los años 70 por Jean Laplace con interesantes comentarios, en una pequeña obra titulada Révélations Alchimiques sur la fin du monde.

En 1999, dos autores franceses publicaron supuestamente el Finis Gloriae Mundi de Fulcanelli en su integridad, inspirándose en la sinopsis citada más arriba. Pero fue rápidamente denunciado como una creación fraudulenta por el pequeño mundo alquímico de la época.

Si es que ha realmente existido, lo que se cree saber hasta este día de esta enigmática obra, se encuentra únicamente pues en algunas líneas que le han consagrado Eugène Canseliet y Jean Laplace. Remito al lector a las obras de estos autores.

Mi objetivo aquí no es discutir los meandros periodísticos de este affaire literario. Esto ya ha sido hecho por historiadores mucho más cualificados que yo. Prefiero más bien levantar el velo sobre el contenido realmente alquímico del símbolo que Fulcanelli había solamente raspado en Las Moradas Filosofales, y que se relaciona directamente, según lo veo, con el mítico Finis Gloriae Mundi.

Un curioso frontispicio

Fulcanelli (o no sé quién…) había deseado adornar la cubierta de su misterioso manuscrito con un cuadro de Juan de Valdés Leal datado de 1672, y conservado en el hospital de la Santa Caridad de Sevilla.

Se observa en el panel una curiosa escena macabra. En primer plano se encuentran dos cadáveres de los que uno es un obispo demacrado que deja aparecer su esqueleto, y el otro un caballero, más recientemente extinto, o más perfectamente conservado si se cree en la brillante y carnosa textura de su rostro. Dos muertes diferentes, uno de los cuales se ha descompuesto y el otro no. ¿Un caballero muere diferente a un obispo? Volveremos…

En un primer análisis, los comentaristas han visto allí la alegoría del final de los tiempos, y más exactamente del tiempo cuando el catolicismo agonizante cedería su lugar a una caballería iniciática renovada de sus cenizas.

El equilibrio (La balanza) de la Justicia divina que se cierne sobre los dos ataúdes daría a entender que la marcha del mundo sigue una lógica implacable e impone sus ciclos de final y renacimiento a todo lo que existe.

No estoy en desacuerdo con esta explicación, excepto que se debe recordar que el objetivo de Fulcanelli era exclusivamente iluminar la linterna de los alquimistas, y no hacer un milenarismo esotérico barato. Él escogía por tanto sus temas de acuerdo a su capacidad de contener una enseñanza hermética válida – el cuadro de Leal es uno – y entregaba luego su esencia a sus lectores con la nobleza de escritura y la habilidad simbólica que se le conoce.

Una vía muy secreta

En la formación «La Gran Obra  Alquímica», he desvelado por primera vez un procedimiento de laboratorio mantenido en la mayor reserva por la mayoría de los adeptos. Fulcanelli había dado algunas indicaciones y he indicado los pasajes en un capítulo dedicado.

Se trata de la vía de los huesos.

Ahora bien, aparece en el cuadro de Leal un montículo de huesos, y el más popular de los alquimistas – Nicolas Flamel – había realizado un homenaje solemne y humorístico, adornando la iglesia de Saint-Jacques La Boucherie, así como el Cementerio de los inocentes, de escenas herméticas significativas.

Basilio Valentin así como otros célebres autores habían, en su tiempo, señalado el indicio, visible a aquellos que tenían ojos para ver…

En una pequeña nota al pie de página de Las Moradas Filosofales, Fulcanelli habla de ciertos huesos que utilizaban los griegos para jugar a los huesecillos. Algunos documentos secretos, no disponibles para el público, en cuanto a ello son completamente explícitos…

El viejo profeta

Ezequiel en sus profecías describe también este despertar de los huesos, revivificados por un fuego extraño que proviene del cielo, como un viento o un aire que se sopla desde arriba. Sobre este tema, Jean Laplace había comentado el rol de la balanza central en la obra de Leal, sostenida por una mano femenina, que no es otra que la de la Naturaleza (entiéndase fuego de natura).

Jean Laplace recuerda también que la palabra obispo proviene de éphéika, significando que empuja que excita. La presencia de la energía episcopal, aunque desvalorizada sobre el cuadro del pintor, encuentra en esta descripción un nuevo sentido, más de acuerdo con aquello que pensaba ciertamente el comanditario iniciado de la obra.

Del mismo modo, el cayado sacerdotal con pomo espiral, evoca perfectamente la fuerza del Espíritu sobre la materia cuando éste es correctamente preparado. Además, el espiral prefigura también el gesto circular indispensable – o giro de manos – realizado por el alquimista sobre su materia prima, que la crucifica, y luego la resucita.

Los dos personajes difuntos del Finis Gloriae Mundi son más bien una sola y la misma persona, o más exactamente la misma materia antes y después de su preparación.

Un accesorio discreto

¿Se habrá observado que la mano que sostiene la Balanza de Leal está perforada, o más exactamente estigmatizada? Así mismo como Jesús fue fijado en la cruz con clavos es también por medio de una vara de hierro puntiagudo que la operación canónica de la obra externa es realizada bajo los rayos concentrados del sol,

Jean Laplace nos lo confirma alegóricamente indicando que: « Esperamos que nuestros lectores apasionados por la Caballería renaciente no nos hagan decir lo que no hemos dicho, pero comprenderán la real alegoría de la leyenda. Esta cruz representa el sol como lo autoriza el simbolismo más elemental, y éste apareció en el polo de la Obra, mientras la tierra brillaba con su blancura inmaculada».

Conclusión

El entorno simbólico y la trama esotérica de los ciclos que rodean al Finis Gloriae Mundi son, como todo lo que había escrito Fulcanelli, pretextos de divulgación literaria. Los verdaderos adeptos que han hecho la piedra del pobre lo saben muy bien.

Terminemos indicando que la aparición de los dos primeros libros de Fulcanelli no es un asunto muy claro si se cree las investigación de Geneviève Dubois en un libro apasionante. Si esta autora dice la verdad, entonces se comprende que la aparición del Finis Gloriae Mundi puede constituir un verdadero peligro jurídico para sus editores potenciales…

El Fin de la Gloria del Mundo, es también el fin de la ignorancia y del oscurantismo que se ha ensañado desde hace tiempo con la alquimia y las obras del Dios. Y puede ser tal vez el comienzo de otro mundo o Typus Mundi, del que los alumnos más perspicaces del CFIO han podido vislumbrar su extensión colosal en la enciclopedia de alquimia solar que hemos recientemente publicado…

Sin embargo una última palabra. El lector habrá observado sin duda que el objeto de este artículo concierne a una de las vías externas del laboratorio alquímico. Pero existe una versión más interna de estas enseñanzas. Los huesos también tienen allí un rol que jugar, pero en un contexto espiritual que implica el complejo proceso de la muerte, y más exactamente la segunda muerte. He hecho una alusión un poco más arriba.

¡Estos conceptos extremadamente desconocidos en occidente serán enteramente explicados en una próxima formación sobre la alquimia espiritual, qué no necesita en cuanto a ella, en absoluto ningún laboratorio! Un asunto a seguir que nos dará las verdaderas claves esotéricas de la resurrección cristiana…

¡Que se lo diga por Toutatis!