¿Por qué la piedra filosofal es un Don de Dios? - cfio.es

¿Por qué la piedra filosofal es un Don de Dios?

A pesar de los consejos repetidos de los adeptos como Georges Aurach, que ha titulado su obra El precioso don del Dios (Le précieux don de Dieu), un gran dilema separa incluso en la actualidad a los hijos de Hermes. ¿A saber, cuanta parte tiene de intervención lo divino en el éxito de la Gran Obra alquímica? ¿La piedra deriva de un proceso natural que depende exclusivamente de técnicas secretas, o es dada desde arriba teniendo como base el mérito y la piedad? Algunas de las siguientes ideas van a ayudarnos a ver esto más claro…

« Soy la Naturaleza paso a paso…»

Tres corrientes de pensamiento separan a los alquimistas de ayer y de hoy.

La primera es fundamentalmente religiosa. Concierne a los místicos que practican la oración y la contemplación conjuntamente con operaciones de laboratorio. Se encuentran entre ellos eclesiásticos, Rosacruces, Templarios, y de modo general, Cristianos. Estos alquimistas creen que la influencia de Dios es preponderante en el éxito de sus trabajos. Que existe una energía divina empleada como ingrediente celeste sin la cual la piedra filosofal no puede ser realizada. Para ellos el Don de Dios es el permiso celeste que concede el éxito en la Gran Obra.

La segunda corriente no adhiere a ninguna concepción religiosa. Se defiende creyendo que la religión está hecha para los débiles y que transporta creencias limitantes de las que es absolutamente necesario librarse. Estas filiaciones herméticas son muy próximas a personalidades como Giuliano Kremmerz o Schwaller de Lubicz. Sus escritos demuestran una concepción muy “natural” de la Gran Obra, considerada como un medio concreto de ayudar a la naturaleza a alcanzar su plena expansión hasta la quintaesencia final, pero sin otra intervención que un gran conocimiento de los principios secretos del arte. Para ellos el Don de Dios es una fórmula simbólica que enmascara técnicas de alquimia interna.

La tercera corriente es esotérica. No es francamente religiosa, sino simplemente deísta. Considera que una buena actitud interior es lo que permite descubrir recetas alquímicas secretas que conducen a la piedra. Muy apasionados por el laboratorio y por el simbolismo esotérico, estos investigadores rezan muy raramente y no practican ninguna alquimia interna en paralelo a sus trabajos. Para ellos el Don de Dios es una expresión antigua y pasada de moda que aparece en los frontispicios de los viejos tratados, y de los que nunca leen sus introducciones para dirigirse directamente a los capítulos puramente descriptivos.

¿La posición de CFIO?

Personalmente, creo que estas tres corrientes tienen razón, cada una a su manera. Uniendo sus tres modos de ver, se obtiene una fórmula completa y universal que dará los mejores resultados.

En efecto, en el desarrollo de la Gran Obra alquímica, ciertas fases implican una confianza interior que se puede obtener principalmente por la oración y el estudio de los grandes principios religiosos. En su dimensión más profunda, la religión no es un amasijo de falsas creencias. Contiene en si, el conocimiento divino y alquímico como lo he demostrado en mi formación sobre el Secreto de Jesucristo, así como en el seminario Gnóstico.

Por ello, la Gran Obra es efectivamente un proceso “natural”. La piedra filosofal sigue un protocolo de evolución que no se aparta de las leyes de la Naturaleza. Existen pues muchas técnicas particulares y secretas, ligadas a la alquimia interna, que le permiten al hombre alcanzar la iluminación y la liberación, deviniendo el mismo la piedra filosofal. (Ver la formación sobre la Gran Obra alquímica)

Finalmente, no hay alquimia posible sin el conocimiento y el dominio de los giros de mano secretos, sin los cuales solo se hará química simple y ciertamente ninguna alquimia. En el registro de estas operaciones aparece por supuesto la utilización de los rayos solares y lunares, de los cuales he develado una parte de los arcanos en mi formación sobre la alquimia metálica. En este sentido, la integridad del cuerpo de la alquimia de la luz pronto será publicada en claro en el marco de una enciclopedia de dos tomos, algo que constituirá realmente una excepción en toda la historia de la literatura alquímica.

¿Qué es el Don de Dios?

No se puede reducir esta fórmula a la simple visión moralista de un Buen Dios que, desde su altura, concede o no al investigador humilde el fruto de su trabajo hermético por buena conducta, incluso si esto no es totalmente falso.

Para un alquimista, Dios es el sol que concede su energía vitalizante a todos, en todo lugar y en todo tiempo. El sol está en el origen de todo lo que existe y su Presencia está conforme con la definición teológica de Dios. Se reparte incondicionalmente y se autocomunica.

La luz es un don del Dios. Y como todo don, se puede aceptarla o rechazarla. Se la toma o se la deja. El trabajo del alquimista consiste en un primer tiempo en reconocer este don y el valor monumental que contiene. Es el objeto de la teología y de la oración. La religión y  la teúrgia le permiten asentir y modelar su inteligencia hasta este nivel de comprensión.

Luego debe encontrar el medio de apoderarse de este don. Y para esto, le hace falta un imán que se encuentra en el interior de sí mismo. «La naturaleza ordena a la Naturaleza» afirman los viejos adeptos. El alquimista parte pues en busca de su sol interior, el único capaz de atraer de forma duradera la luz divina que se despliega en el firmamento del cielo de los filósofos.

Finalmente, una gran operación metatécnica le permite, por un curioso artificio de laboratorio, materializar un poco de luz solar bajo una forma palpable con virtudes maravillosas. La piedra.

El Don de Dios es triple. De golpe, todo el mundo está de acuerdo…

Leer la CONTINUACIÓN de estos informes secretos…

¡Que se lo diga por Toutatis!