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¿Necesita verdaderamente una balanza en su laboratorio?

¿Después de haber visto que el éxito de la piedra filosofal depende del buen querer de las jerarquías celestes, exigimos hoy día que es en parte la intervención del alquimista en el desarrollo de la Gran Obra? En efecto, los antiguos tratados nos hablan de ciertas medidas que hay que respetar tanto a nivel de los ingredientes como de la conducta del fuego, pero con una imprecisión tal que es muy difícil orientarse allí. Algunas de las precisiones siguientes nos van a liberar de un grueso peso…

El peso de la Naturaleza

Los grandes adeptos son unánimes. Existen proporciones ponderales en la elaboración de ciertas materias propias de la obra hermética. Pero en la inmensa mayoría de los casos, nos invitan también a descubrir una medida de peso que no aparece en ningún manual de físico-química. Es el peso de la Naturaleza.

Esquemáticamente, el peso de Naturaleza es el acuerdo natural o espontáneo que los ingredientes van a tener entre ellos, independientemente de la voluntad del operador.

Dos partes de Mercurio por una parte de Azufre

Fulcanelli ha consagrado algunos pasajes al tema de las proporciones en sus obras notables. Cito: «Veamos ahora la alegoría del peso natural el alquimista retira el velo que cubría la balanza (lám. XX). La mayoría de los filósofos han sido poco prolijos en lo tocante al secreto de los pesos. Basilio Valentin se limitó a decir que había que «entregar un cisne blanco al hombre doble ígneo» lo cual parece corresponder al Sigillum Sapientum de Huginus de Barma, en que el artista sostiene una balanza, uno de cuyos platillos se inclina en una aparente proporción de dos a uno con respecto al otro. El Cosmopolita, en su Tratado de la Sal es todavía menos preciso: «El peso del agua -dice- debe ser plural, y el de la tierra rameada de blanco o de rojo debe ser singular.»

La mejor forma de dilucidar este fenómeno es mencionar el mecanismo de la procreación. Se sabe que millares de espermatozoides son propulsados sobre el óvulo para solo dejar pasar solamente a uno solo. ¿Por qué la Naturaleza ha previsto tal profusión de materia fecundante si nada más que una sola partícula será utilizada? Es uno de los grandes misterios de la vida y podemos inspirarnos en él para comprender qué es la misma cosa en la Gran Obra alquímica.

En efecto, como lo dice igualmente Fulcanelli repetidas veces, la vía antigua se desarrolla en la oscuridad más total. Esto no significa que se deba forzosamente trabajar por la noche. La alegoría concierne más bien al trabajo interno de los ingredientes en presencia. Es en la profundidad de la materia, en donde invisiblemente y oscuramente, la mezcla o la conjunción de los elementos se va a producir. En el secreto inviolable de Dios, allí donde el hombre nunca penetrará.

Prestar su mano a Dios

Es por eso que se tiene la costumbre de decir que el alquimista presta su mano a Dios. Su trabajo consiste esencialmente en poner los elementos en contacto, y es la Naturaleza la que hará el resto.

La Naturaleza escogerá sus propias proporciones. Hará la selección necesaria, dirigirá el trabajo de separación y de coagulación de un modo que sólo la Naturaleza conoce, dejando al alquimista contemplativo delante de misterios que no puede comprender, y sobre todo controlar.

La alquimia es la antítesis del control. Es el arte supremo de dejar ir.

Tener confiaza

Mis alumnos a menudo me escriben para pedirme precisiones sobre ciertas proporciones de productos o incluso, cuales poderes deben escoger como utensilios necesarios para sus trabajos.

Mi respuesta es siempre la misma. No utilizo el equilibrio en mis operaciones alquímicas. No busco hacer cálculos sabios que sólo tienen por resultado el engendrar inquietud y dudas en la mente del operador.

Es necesario tener confianza en la Naturaleza. Hacer la Piedra es un acto artístico que tiene más intuición que saber. Los investigadores que razonan mucho o que tienen temor a dejar ir nunca llegan a nada. Esta actitud no es además una marcha empírica, porque la naturaleza es el equilibrio más preciso que existe. Ninguna tecnología humana igualará nunca la precisión del equilibrio natural.

En realidad, dos alquimistas nunca harán la piedra del mismo modo ni por las mismas vías. Cada piedra es única y posee poderes que les son propios y en adecuación con la personalidad y el nivel de conocimientos del artista.

Buscad el reino de Dios…

El Evangelio nos da un consejo precioso que le invito a memorizar. “Buscad primero el Reino de Dios, y lo demás les será dado por añadidura” (Mateo 6-33)

Este versículo significa que hay que colocar sus prioridades en buen lugar. Lo que queda es el obrero del Dios y nada más, el alquimista por ello tiene la gran posibilidad de ver desarrollarse bajo sus ojos el milagro hermético, sin haber hecho por este gran cosa.

Vemos por qué es necesario no agotarse en apilar recetas secretas y pasar años compilando documentos y otras teorías humeantes, que en definitiva no sirven para nada, pero embrollan aun más el problema. Aplicando principios simples con humildad, se avanza mucho más rápidamente.

La operación de la Gran Obra no es un acto científico. Nunca he pesado mis materias. Me religo y presto mi mano a Dios, sabiendo que es El gran arquitecto y el maestro de obra del magisterio. Estoy justo aquí para servirlo y asistirlo en el espesor del mundo que es, por ahora, mi morada y mi sitio.

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¡Que se lo diga por Toutatis!

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