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Sincronicidades, cómo alinearse con lo divino 2

Así como lo vimos en el último artículo, seguir la voluntad del Cielo y alinearse con el Universo es un arte de vivir difícil. Es necesario que se ejerzan para ello algunas llaves prácticas que vienen a ayudar a un buen conocimiento de los grandes principios de la metafísica. ¿Cómo detectar la Voluntad de Dios en los meandros de nuestras complicadas vidas, y cómo encontrar la nota justa en toda cosa? Es lo que vamos a continuar estudiando hoy…

Observar los signos

Existe un fenómeno relativamente popular que consiste en observar los signos que la vida nos envía para indicarnos la buena (o la mala) dirección. Paulo Coelho vulgarizó ampliamente esta idea en un libro muy conocido titulado El alquimista.

El signo está constituido de una seguidilla de acontecimientos cuya particularidad es despertar la curiosidad del observador con el fin de atraer su atención sobre alguna cosa. Es decir, el Universo trata de comunicarnos un mensaje, que va a pasar por el filtro de eventos. Una película sin palabras en la que somos el héroe y la que somos libres de escuchar o de ignorar.

La buena o mala sorpresa

La función del signo es la de procurar guiarnos hacia la nota exacta. La de encaminarnos en la línea recta del gran mecanismo. Una sucesión de acontecimientos idénticos nos debe pues alertar. Invitaciones inesperadas también. ¡Todo aquello qué va a tener un efecto “choque” seguido de onomatopeyas como «¡oh!», «¿oh bueno?», «¡Vaya, vaya!», «¡Donde!», «¡Ay!», deberá ser consignado en la lista de nuestras reflexiones sobre la vida.

Para utilizar bien los signos y comprenderlos correctamente, hay que desarrollar una cierta curiosidad y mucha vigilancia. Tomar la decisión de estar disponible para lo inesperado.

Es difícil hacer parte de las cosas. En el fuego de la acción, nos gustaría tener más certezas en cuanto a la conveniencia del signo. La duda está allí. ¿No es nuestra imaginación o nuestro deseo de estar en relación con Dios lo que nos juega a veces? ¿Alguien nos lo podría aclarar?

Para ver más claro

Las leyes divinas no juegan al escondite con nosotros. Nos piden ser responsables ante todo de nuestra elección. Es por eso que el signo no es necesariamente un «mensaje de arriba» en el propio sentido del término. Es más bien el signo o el resultado visual de nuestros desarreglos existenciales. Nos muestra claramente que no estamos alineados con el gran mecanismo universal. Es la fuga de aceite consecutiva a la falta de presión del perno de vaciado. Una consecuencia simple.

Todo nos invita a relacionar más correctamente, el signo intenta reparar las ruedas de la mecánica celeste de la que somos a la vez actores y realizadores. Este matiz no es fácil de comprender, ni sobre todo de aceptar. Porque tendemos a situarnos como peones en un tablero. Piezas serviles sin libre albedrio.

En realidad, el hombre es responsable de sus actos. Cada pensamiento, cada palabra y cada gesto pesan en el equilibrio del mundo. El hombre crea el mundo tanto como lo sufre. Su sufrimiento es sólo el eco de una tentativa de alineación con el Universo, que aborta a causa de su ignorancia, de su violencia y de sus mentiras.

Los signos están allí para recordarnos la dirección que hay que tomar con consentimiento. No hay ninguna presión de lo divino. Somos invitados a la comida celeste. A nosotros nos corresponde ver si vamos o no. Es necesario creer en los signos porque es uno de los mejores modos de estar en contacto directo con el Universo.

Las sincronicidades

Otro fenómeno extraño. Las sincronicidades son algunos hechos que nos suceden y que presentan semejanzas por lo menos incongruentes. Piensa en una persona y esta le telefonea al instante; abre un libro en una biblioteca y encuentra «como por casualidad» un marca-página que indica una información que buscaba desde hace tiempo.

Las sincronicidades hacen pensar que el azar no existe. Aunque los signos, levanten momentáneamente el velo detrás de la escena. Traicionan la presencia del gran mecanismo universal que nos rodea sin nuestro conocimiento. Nos sumergen súbitamente en un mundo mágico donde todo está relacionado por una trama misteriosa.

En sí, la sincronicidad es también un signo particularmente parlante. La intrusión del misterio en nuestro mundo tangible está entonces en su cumbre. Así mismo los más escépticos de los hombres no saben qué decir frente a tales cosas.

La encrucijada

Jesús invitaba a sus discípulos a abrir sus ojos y sus oídos. Lo que no era solamente para poder comprender sus parábolas. Él quería que el hombre se hiciera capaz de acceder a la sabiduría que consiste en ver claramente el Reino del Dios alrededor nuestro.

«Encontrar el Reino de Dios», según la gnosis cristiana, es pues levantar el velo de las apariencias terrestres y contemplar “a cielo abierto ” la omnipresencia de lo universal en lo profundo de la materia. Es por eso que Jesús fue el alquimista supremo, que no necesitaba como nosotros ni de signos ni de sincronicidades, habiendo abandonado radicalmente toda voluntad humana en provecho de la Celeste. Un hombre devenido Dios en suma.

La observación de los signos es un avance indiscutible de la conciencia, en la medida por supuesto que tengamos capacidad de discernimiento. En efecto, es tentador ver signos allí donde forzosamente no los hay. La prudencia nos ayuda pues a hacer la selección y a permanecer flexibles, tanto en las conclusiones que extraemos, como en nuestra capacidad de ser desestabilizados por lo desconocido que se impone.

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